
Quizás existan viajeros mucho más organizados que esta cronista, quizás existan viajeros mucho menos organizados, lo cierto es que cada uno tiene sus rutinas y sus métodos al momento de encarar la previa a un viaje.
El
pasaporte al día suele ser un elemento fundamental. La búsqueda de acomodos, contactos, parientes en la federal, o en las altas esferas de la política es un espectáculo conmovedor si el viaje es repentino o el viajero muy improvisado.
Qué
ropa llevar es EL tema para quien le da cierta importancia a su vestimenta, y suele estar marcada por el clima del destino, las actividades programadas y, una vez más, lo detallista (léase coqueto) del viajero en cuestión.
En el
trabajo, las recomendaciones a quien quede a cargo dependen del grado de compromiso laboral. Otra gran opción es dejar para cualquier consulta un mail de fácil acceso al mejor estilo:
Renata@jamasmeecontraran.com.ar y que les explote la bomba apenas uno deja el país.
Las
despedidas son otra historia. Se suceden los eventos, cafés y cenas aunque el viajero parta sólo quince días y por ahí hasta es la excusa ideal para encontrarnos con quien podríamos pasar tres o cuatro meses más sin siquiera un llamado.
Los
pequeños detalles surgen con el correr de los días previos al embarque o aparecen de golpe cuando se los necesita y uno está en medio de la nada: ¿Cinturón portavalores? ¿Vacunas? ¿Bikini? ¿Qué tipo de depilación será necesaria? ¿Repelente de insectos? ¿Protector solar? ¿Pastillas de carbón? ¿Preservativos? ¿Hilo y aguja? ¿Alicate de uñas? ¿Moneda local? ¿Gorro? ¿Guantes? ¿Impermeable? ¿Pastillas potabilizadoras? ¿Suero antiofídico? ¿Teléfono de la embajada argentina en Laos?
Así, entre preparativos, recorridos, bancos, notas, llamados, pagos y despedidas, el viajero detallista se estresa las dos semanas previas al viaje, le grita a medio mundo, putea por lo bajo a la otra mitad y no le alcanzan las vacaciones para sacarse la contractura del cuello.
Es que durante unos días la rutina desaparece y lo nuevo se impone en el universo del viajero. Y quizás eso sea lo más maravilloso de todo esto, ¿no? Entonces uno se empeña por llevar consigo todo lo necesario para estar cómodo durante esos días en que juega a ser otro o volver a ser el que era, o ser el que quiere ser de verdad.
También está quien, harto de tanto escándalo, agarra un bolso, tira dentro dos o tres prendas, saca los dos pesos con cincuenta que tiene en el banco y se lanza a la aventura aferrándose sólo a la máxima de que “cuando el carro anda, los melones se acomodan”.
Vaya entonces mi aplauso Coca cola para ellos. Pero como las cosas no son así en la dimensión Burnett, esta cronista se despide formalmente, hace llamados, escribe mails, deja indicaciones por escrito y media docena de teléfonos de contacto, riega casi en exceso la planta de menta, reparte abrazos por doquier, chequea una vez más la lista que -por escrito- controla que el equipaje esté en orden y encara para Ezeiza.
Renata Burnett, que está de viaje pero esta vez de endeveras.